Mónica Yoldi

Tékne

Tékne, título del proyecto de Julio Sarramián (Logroño, 1981), hace referencia al término téchne que deriva del griego τέχνη. Con él “los griegos nombraban no sólo el hacer y saber artesanos, sino el arte más elevado y las bellas artes” (1). Esta relación entre técnica y arte forma parte de la génesis del trabajo de Sarramián que desde 2010 viene desarrollando una reflexión sobre el paisaje generado primero con medios pictóricos (Deconstrucción del paisaje de 2010 o Naturaleza transfronteriza de 2012) y más adelante con ayuda de herramientas tecnológicas como software 3D, Modelos Digitales de Terreno (MDT) o imágenes de radar (Naturaleza hiper-transfronteriza de 2012 o Geoformas artificiales de 2014).

Tékne surge de una residencia artística que Julio Sarramián disfruta en Casa Singular de Villoslada de Cameros (La Rioja). El artista busca distintos emplazamientos (pinares, campos, hayedos, rocas) en el entorno de Villoslada de Cameros en el Parque natural Sierra Cebollera. En esta ubicación hace cinco localizaciones para Tékne. También realiza dos en Moncalvillo, dos en el Valle del Jubera y otras dos en las cercanías del parque de La Grajera (Logroño). La razón de decantarse por estos lugares no es otra que el mero hecho de estar familiarizado con el paisaje y el terreno.

Julio Sarramián registra un espacio paisajístico arbitrario y parece querer intentar clasificarlo y ordenarlo haciendo uso de algunas de las herramientas empleadas habitualmente por geólogos, geógrafos y topógrafos que, en su trabajo profesional, se sirven de técnicas informáticas 3D elaboradas con los Sistemas de Información Geográfica (SIG). Siguiendo esta estela tecnológica y científica, Julio Sarramián trata de representar un punto concreto del paisaje recogiendo información del mismo a través de procedimientos supuestamente precisos y sistemáticos. Así, anota accidentes topográficos por medio del haz de luz que proyecta un nivel láser (herramienta electrónica que se usa tanto en topografía como en construcción y que sirve para determinar nivelaciones mediante iluminación de la zona con una línea láser). En el trabajo de Julio Sarramián el nivel láser actúa como elemento metafórico de la técnica aplicada a la naturaleza. El nivel láser recorre las geoformas creando estructuras aleatorias que las apresan, en un intento de querer registrar y aprehender el entorno natural y el paisaje del modo más exacto y concreto posible. Pero este interés por la precisión se torna tarea ingente cuando los elementos a documentar son musgo, nieve, hierba, rocas, ramas, piedras o árboles, componentes de la naturaleza que mutan porque crecen, se erosionan, se secan, son arrastrados por el viento o se derriten y, por lo tanto, su catalogación requeriría una observación constante y un seguimiento casi infinito.

Si en la actualidad nuevas tecnologías como Google Earth o Google Maps permiten localizar un lugar con precisión, Sarramián emplea la técnica para documentar elementos naturales como guijarros, ramas, nieve o helechos que no permanecen estables e inmutables o no ocupan un lugar fijo, de ahí lo paradójico de su proyecto que parece querer catalogar científicamente la naturaleza móvil y versátil. Tékne aborda lo vivo (un árbol) y lo inerte (una roca) y no los contrapone, sino que los incluye en una categoría que se rige por la referencia que marca el nivel láser. En un juego paradójico digno de Borges, Sarramián se embarca en una espiral interminable y recurrente. Si tomamos como ejemplo un canto rodado que la corriente arrastra y cambia de ubicación y de forma, el catalogado y archivado hoy, mañana tendrá otras coordenadas. De modo que este estudio pseudocientífico que Sarramián propone sería eterno, como el esfuerzo narrado en el mito de Sísifo. Esta filosofía de lo absurdo se revela como reflexión sobre la sociedad contemporánea inmersa en un mar tecnológico que no siempre sirve para resolver sus problemas y sus dudas.

Este intento de comprender y discernir científica y documentalmente el medio físico lleva al artista a querer conocer las cualidades de un territorio que se muestra esquivo. Como en el principio de incertidumbre, enunciado en 1927 por el físico alemán Werner Heisenberg, que defiende que cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conocen su masa y velocidad, la catalogación que inicia Julio Sarramián se presenta como un reto de difícil solución. La mirada de Sarramián sobre el paisaje es tecnológica y científica y pretende ser lo más objetiva y precisa posible. Pero la búsqueda de la precisión se vuelve tarea inabarcable cuando registra nieve, hierbas o guijarros que cambian de lugar al albur del viento o del río que los lleva. Sarramián establece en el binomio naturaleza real-naturaleza virtual la raíz del concepto de su proyecto artístico, pues se basa en paisajes reales para configurar paisajes virtuales a través de la tecnología. En Tékne actúa sobre el territorio e interviene en él pero de manera efímera y sin dejar huella, pues dirige los niveles láser por el terreno a explorar y, una vez que consigue la imagen que necesita, abandona el lugar. Registro de su paso por los parajes que transita son sus fotografías y proyecciones donde recrea una suerte de paisaje electrónico cercano al videoarte.

El particular site specific de sus piezas convierte su producción en un trabajo que tiene elementos propios de la instalación e incluso de la performance. Necesita de un aquí y ahora concretos para llevar a cabo sus obras pues, a modo de instante decisivo, para realizar sus fotografías sólo cuenta con la media hora de luz previa al anochecer, único momento en el que el nivel láser proyectado sobre el paisaje es visible. Así, sus imágenes, paradójicamente, hablan tanto de la permanencia como de lo efímero del paisaje. La permanencia del paisaje abordada desde el punto de vista geológico, donde los cambios se dan a lo largo de la eras y con el paso de periodos de tiempo extensos. Lo efímero tratado, en primer lugar, desde la perspectiva de la naturaleza en constante movimiento; plantas que nacen, crecen y mueren y fenómenos atmosféricos que modifican superficies y vegetación. Y en segundo lugar, lo efímero entendido partiendo de la idea de que “el paisaje no es lo que está delante sino lo que se ve” (2), de modo que en Tékne aquello que ve Sarramián es algo que, dados los condicionamientos técnicos, tiene una duración breve, 25 ó 30 minutos durante los cuales el artista debe tomar las instantáneas que el proyecto requiere.

El trabajo de Sarramián con y sobre el territorio se sirve de la tecnología para documentar y producir sus peculiares paisajes. Y esta manera pseudotecnológica de mostrar y, en cierta medida, memorizar el paisaje que nos presenta en Tékne, remite a lo que él define como “falacia del progreso”. Según Julio Sarramián, “la ciencia y el progreso tecnológico nos enfrentan a nosotros mismos”. De ahí que la pretendida precisión de sus imágenes esté teñida de imprecisión e incertidumbre, pues lo vivo que se fija en sus peculiares paisajes es algo siempre cambiante y lo inerte también varía pero con un tempo más lento. Y es que como manifiesta Andy Goldsworthy (Cheshire, Inglaterra, 1956) en el documental Ríos y mareas, “Tenemos tan arraigada la idea de que la piedra es sólida, que cuando se descubre que la piedra es, de hecho, fluido y líquido, eso invierte mi (la) idea de lo que es duradero y de lo que no lo es” (3).

Sarramián apuesta por otros modelos de representar la naturaleza, pues parece querer decir que en el siglo XXI el arte debería evolucionar y avanzar por nuevos caminos que abran paso a reflexiones y pensamientos diversos. Como apunta Heidegger en La pregunta por la técnica, “La palabra téchne, desde muy pronto hasta la época de Platón, va de consuno con la palabra epistéme. Ambas palabras son nombres para el conocer en el sentido más amplio” (4). En Tékne encontramos téchne y epistéme pues hay un afán y un interés por conocer, por analizar y desentrañar la contemporaneidad a través del entorno. Para mostrar su visión del presente Sarramián se fija en el territorio que lo circunda y en cómo lo percibimos. Su cometido tiene que ver con un intento de hacerse con el terreno desde el punto de vista cognitivo, en controlar el paraje a través de parámetros que emulan lo científico. Y parece que su fin último es explicar qué es el paisaje actual en términos digitales. Cabe señalar que si bien la visión de Julio Sarramián sobre el paisaje es romántica, su obra ha pasado por estadios varios en los que la técnica pictórica ha dado paso al uso de las nuevas tecnologías para generar imágenes que hablan de la necesidad del ser humano de familiarizarse con el entorno y conocerlo en profundidad.

Javier Maderuelo en su texto El paisaje. Génesis de un concepto escribe que el paisaje es “una relación subjetiva entre el ser humano y el medio en el que vive, relación que se establece a través de la mirada” (5). Así, la singular mirada que Julio Sarramián nos ofrece parece querer modelar la naturaleza indómita representando el paisaje a través de datos presuntamente sistemáticos y rigurosos. Su particular inventario paisajístico muestra cómo las nuevas tecnologías aplicadas a la plástica han modificado nuestra visión y percepción del entorno. Julio Sarramián construye otra imagen de paisaje y reflexiona sobre cómo la contemporaneidad digiere y se posiciona ante lo que nos rodea.

 

(1). ACEVEDO, J. : Heidegger y la época técnica. Santiago de Chile. Editorial Universitaria, 1999. Pag 129.
(2). MADERUELO, J. : El paisaje. Génesis de un concepto. Madrid. Abada Editores, 2005. Pag.38.
(3). Karma Films S.L. Thomas Riedelsheimer. (2001) Rivers and Tides: Andy Goldsworthy Working with Time.
(4). HEIDEGGER, M. : Conferencias y artículos. Barcelona. Ediciones del Serbal, 1994. Págs. 9-37.
(5). MADERUELO, J. : El paisaje. Génesis de un concepto. Madrid. Abada Editores, 2005. Pág. 12.

 

Mónica Yoldi

Texto incluido en el catálogo de la exposición Tékne. Instituto Riojano de la Juventud (IRJ), Logroño (2015).